Hijo de la paciencia y del tiempo, el dolor siempre había
sido un desgraciado. Cuando sus amigos jugaban juntos, él se aislaba porque no
podía disfrutar del juego. Cuando sus padres discutían, algo que pasaba muy a
menudo, él se tapaba los oídos y se tumbaba en la cama fingiendo dormir por si,
por casualidad, las hadas del sueño se lo creían y lo hacían dormir o incluso,
quién sabe, soñar. Cuando los demás niños canturreaban alegremente lo que
querían ser de mayores, el dolor sentía que su corazón se acurrucaba asustado e
intentaba esconderse hundiéndose en su pecho. El dolor creció arrastrando tras
de sí una pasión sin calmante y una ilusión sin objeto, preguntándose que era
de lo que carecía con respecto a los demás, o qué le sobraba. Cuando su
juventud quedó recluida a un melancólico, idealizado recuerdo, él se lanzó al
pozo del desconsuelo, precipitándose tembloroso hacia un fin oculto tras sus
propios párpados. Finalmente, una rendija de luz se asomó risueña a su ventana
y le permitió ver todo lo que le rodeaba, con toda la acción del mundo real,
con su color y su música. Sin embargo, el dolor no podía sino sentirse engañado
y estúpido, pues había pasado toda su vida angustiado soñando con musarañas de
algodón y con espinas de seda. Fue entonces cuando, casi sin darse cuenta, una
muchacha se dejó caer como una pluma junto a él, sentándose a su lado. Comenzó
a mirarle tímidamente y él le correspondió posando sus ojos también en ella.
Fue entonces cuando se sorprendió descubriendo que, adherida a su cara, había
una fina máscara que solo una mirada atenta podría ver. Era una máscara
preciosa, se podía observar todo cuanto se pudiera imaginar con solo dedicarle
un instante. Estaba plagada de colores resueltos y decididos que, sin embargo, en
función de cuándo la observaras podía transmitirte desde la más absoluta calma
hasta el rugido amenazador de tus miedos. Ella le contó que no había hecho nada
para que apareciera cubriendo su rostro, sino vivir y soñar, y también sufrir,
y que la hacía sentir muy orgullosa pues era una pincelada de lo que ella era y
había sido y conseguiría ser. Él entonces, con un tembloroso impulso, se decidió
a preguntarle su nombre, a lo que ella respondió que le era desconocido, pues
era el silencio el único que la llamaba. Era tan rica en matices, tan
contradictoria… se sorprendió pensando el dolor, sin saber si esos pensamientos
estaban dirigidos a la máscara, o a ella. Sea la que fuere, si acaso no eran la
misma, encontró en ella las palabras que le dieron sentido a su existencia y
que le hicieron descubrir que, desde el comienzo de su vida, ella había estado
danzando en su interior sin él percatarse y le había regalado un toquecito de
trascendencia, de sentido, de expansión, de liberación, al dolor que anidaba en
su interior, fruto del tiempo y de la paciencia. Y así fue como el dolor y el
arte quedaron irremediablemente unidos en su círculo de fuego y cenizas, pues
mientras uno le confesaba qué decir al otro, este le ponía voz.
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