martes, 30 de diciembre de 2014

Más pensamientos de diciembre de 2014



Hijo de la paciencia y del tiempo, el dolor siempre había sido un desgraciado. Cuando sus amigos jugaban juntos, él se aislaba porque no podía disfrutar del juego. Cuando sus padres discutían, algo que pasaba muy a menudo, él se tapaba los oídos y se tumbaba en la cama fingiendo dormir por si, por casualidad, las hadas del sueño se lo creían y lo hacían dormir o incluso, quién sabe, soñar. Cuando los demás niños canturreaban alegremente lo que querían ser de mayores, el dolor sentía que su corazón se acurrucaba asustado e intentaba esconderse hundiéndose en su pecho. El dolor creció arrastrando tras de sí una pasión sin calmante y una ilusión sin objeto, preguntándose que era de lo que carecía con respecto a los demás, o qué le sobraba. Cuando su juventud quedó recluida a un melancólico, idealizado recuerdo, él se lanzó al pozo del desconsuelo, precipitándose tembloroso hacia un fin oculto tras sus propios párpados. Finalmente, una rendija de luz se asomó risueña a su ventana y le permitió ver todo lo que le rodeaba, con toda la acción del mundo real, con su color y su música. Sin embargo, el dolor no podía sino sentirse engañado y estúpido, pues había pasado toda su vida angustiado soñando con musarañas de algodón y con espinas de seda. Fue entonces cuando, casi sin darse cuenta, una muchacha se dejó caer como una pluma junto a él, sentándose a su lado. Comenzó a mirarle tímidamente y él le correspondió posando sus ojos también en ella. Fue entonces cuando se sorprendió descubriendo que, adherida a su cara, había una fina máscara que solo una mirada atenta podría ver. Era una máscara preciosa, se podía observar todo cuanto se pudiera imaginar con solo dedicarle un instante. Estaba plagada de colores resueltos y decididos que, sin embargo, en función de cuándo la observaras podía transmitirte desde la más absoluta calma hasta el rugido amenazador de tus miedos. Ella le contó que no había hecho nada para que apareciera cubriendo su rostro, sino vivir y soñar, y también sufrir, y que la hacía sentir muy orgullosa pues era una pincelada de lo que ella era y había sido y conseguiría ser. Él entonces, con un tembloroso impulso, se decidió a preguntarle su nombre, a lo que ella respondió que le era desconocido, pues era el silencio el único que la llamaba. Era tan rica en matices, tan contradictoria… se sorprendió pensando el dolor, sin saber si esos pensamientos estaban dirigidos a la máscara, o a ella. Sea la que fuere, si acaso no eran la misma, encontró en ella las palabras que le dieron sentido a su existencia y que le hicieron descubrir que, desde el comienzo de su vida, ella había estado danzando en su interior sin él percatarse y le había regalado un toquecito de trascendencia, de sentido, de expansión, de liberación, al dolor que anidaba en su interior, fruto del tiempo y de la paciencia. Y así fue como el dolor y el arte quedaron irremediablemente unidos en su círculo de fuego y cenizas, pues mientras uno le confesaba qué decir al otro, este le ponía voz.

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