Había pasado el tiempo suficiente para que a los dos se les
empezaran a olvidar los detalles únicos del otro. Que ella se mordía los labios
cada vez que sus ojos apresaban a los suyos, porque se daba cuenta de que quizá
le habían murmurado demasiado, o que él se hacía grande cuando estaba delante
de ella, intentando que no pudiera ver más allá suya. Que entre sus miradas
cruzadas danzaba un gorjeo en llamas.
Estaban en el sofá de la casa de él, sobria y elegantemente
amueblada con tonos blancos y negros moribundos y algún que otro rojo en las
cortinas o en un jarrón chino. Durante un instante, el sofá de entonces simuló
absorber a aquel negro, e incluso pareció escucharse ligeramente una melodía
angustiada a través de la ventana. Por esa razón o quizá por otra, él se levantó
sin decir nada, echó la persiana comprimiendo las luces de la ciudad y volvió a
sentarse. Era esa hora del día donde los colores, soñolientos, estaban a punto
de cerrar sus ojos para soñar un nuevo día.
El exuberante orden del apartamento pareció contagiarle su
escrupulosidad al sonido y un férreo silencio se impuso. No se sabía si hacía
frío o no era más que una ilusión de la quietud absoluta que había entre ellos.
Él entonces se lanzó a cogerle la mano, pero forzosamente, tanto que resultó
tan absurdo, tan injustificado, que intentó darle un sentido haciendo como antes,
acariciándola, mirándola, buscando una respuesta entre los huecos que unían sus
dedos, más ahora en vano.
Ella seguía sin decir nada, su voz no respiró ni su cuerpo
tembló. Ahora sabía lo que tenía que hacer, así como que no era el momento. Si a
alguien le habían presentado con el paso del tiempo era a la paciencia. Había
aprendido a transformar su inquietud en fuerza y su pulso en su más fiel
valido. Su corazón ahora sabía limitarse al vals cuando no quería más que
convertirse en un escurridizo bailarín. Todo al fin y al cabo, en origen y en
final, gracias a él.
Era el momento, ahora o nunca. Él aproximó lentamente su
cuerpo sobre el sofá hacia ella y la miró aun más fijamente que antes para que
ella se percatara de su intención, porque ella nunca podría negarse a él. Una
vez que sus cuerpos estaban tan próximos que no se podía saber de quién emanaba
ese dulce calor que él sabía que la intoxicaba, unieron sus labios hasta que
fueron capaces de devolverle la realidad a ese fantasmagórico derredor.
Ella se empeñó en prolongarlo, llamando a la guerra al rubor
que descansaba 7 metros bajo su pecho. Había hecho preso a su cuerpo, que
disfrutaba apaciblemente de su libertad de hierros oxidados. Sus manos
volvieron a enloquecer, -solo una vez más-, les dijo. Él las correspondió como
un caballero e hizo suyos de nuevo su espalda, sus hombros, su clavícula. El
peor error que se puede cometer es creer conocer a alguien.
Era el momento, y ella ahora lo sabía. Simuló un percance,
porque no podía estar tranquila sin asegurarse de haber cerrado bien el coche.
Descolgó su chaqueta, abrió la llave del gas, y salió. El frío le azotó la cara
y la hizo plantearse lo que estaba a punto de hacer, pero estaba decidida. Él
no sentiría nada. Cogió su mechero y prendió el fino resquicio de la pared de
ladrillo por la que se escapaba el gas. Huyó tan rápido como las llamas se
propagaban. Nunca olvides vigilar a tus discípulos.
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