Involucionando sutilmente con una vela y un reloj.
Disfrazado de inocencia, de dulces navidades, de sonrisas
cómplices, de silencios enfurecidos, de mares calmados. Un fogonazo de luz que
penetra en tu pupila hasta grabarte a fuego la imagen que contempla, y que te
incluye. Que algún día será como el marca páginas que sobresale del capítulo
favorito de tu novela, una atajo para conducirte a ese recuerdo de sopetón, sin
previo aviso, para que no hayas podido aun entrar en calor cuando ya formes
parte del polvo. Un traidor que te invita amablemente a dirigirte a tu particular celda
selvática. Si prestas atención, en el momento justo, podrás vislumbrar tu
futura prisión como el reflejo que la luz proyecta sobre ti durante ese
instante, dándote la llave con la que tú mismo decidirás cerrar la puerta,
contigo dentro. Haciendo suya entonces tu custodia.
No la coartes a ella abriendo los ojos, es la única que te
permite navegar por los vastos desiertos de los frondosos y secos océanos del
mundo, aunque sea del tuyo.
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