Prisa, agua, calor, y vergüenza. Volver la cabeza y ver su sonrisa petrificada
por la sorpresa, casi adivino su pensamiento, y me gusta. Dulce vergüenza
rosada. Torpeza acompañada de risas enlatadas, pero risas amigables y cálidas,
entre las que se escucha la mía. Nada ha pasado en el mundo tangible y todo ha
pasado en el mío. Mi mente ha sido atravesada por una bala inexistente. Y entonces
un comentario suyo, de esos que me atrapan y hacen que me pierda en el sinuoso
camino de su voz. Me interno en el silencio de su alma, en el incesante
destello blanco que produce su núcleo, y siento que lo toco y que es demasiado
intenso para poder soportarlo. Y vuelta a la realidad y a su mirada de casi total
indiferencia. Entonces el resplandor de antes me quema el alma, pero vale la
pena.
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