Cuando no puedo soportar mis pensamientos y el dolor que
acarrean, estos son sustituidos por una ira que me posee sin que yo pueda
evitarlo y que se contrapone a la marea de mi mente dándome una fuerza que la
mata, que no la deja manifestarse, que anula esa predisposición mía de nadar en
el dolor y regodearme en él, siendo propio. Es una lucha entre el deseo de
sentirlo cerca, aunque sea sufriendo, y la aplastante realidad que me obliga a
despertar y a seguir adelante. Pero, como he dicho otras veces, el dolor es
bonito, fácil, basta con dejarse arrastrar por él y que te lleve a escondidos
parajes de tu corazón, teñidos de hermosa tragedia. Sin embargo, el despertar
de ese recóndito sueño supondría demasiado desengaño, una ola que almacena
todas las duras verdades que se esconden bajo la capa de sueños de mi vida.
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