lunes, 14 de enero de 2013

Más pensamientos de enero de 2013


Intentando captar cada débil movimiento que provoca su cuerpo rozando el agua, cada gota que haya formado parte alguna de él, cada pequeña ola que haya sentido al rozarle tal y como él la haya sentido, respirar el aire que respira y que forme parte de mí para siempre. Cada palabra suya que he malgastado sin respuesta o con la reacción equivocada. Como cuando dijo que no iba a volver, ese momento indiferente para todos que significó la caída de mi mundo, un mundo sostenido por la ilusión de verle y la esperanza de que me dedique alguna palabra ociosa, de esas que se dejan escapar sin objetivo ni contenido, de esas que para mí lo son todo. Porque nadie se ha querido dar cuenta de que todas las piezas encajan, y que lo quiero de verdad, no el querer que no sabemos qué significa porque no es realmente amor y que se extiende y normaliza cada día. Porque sabía que la arena se escaparía y, sin embargo, yo misma rompí el reloj. Conocía el tiempo, e incluso que se acabaría antes de que pudiera percatarme, pero fui incapaz de adivinar que sería tan pronto. Febrero. Eso son unos días en los que todo se va a unir como una fuerza devastadora para acabar conmigo y con la poca calma que había conseguido reunir mi alma. Y, nuevamente, maldita pasividad inamovible. Incapaz de provocar un cambio, sobreviviendo en el dulce sufrimiento. A veces pienso que soy una persona destinada a eso, al dolor, y es que no puedo imaginar una vida sin él. No es una necesidad, pero tampoco me puedo liberar porque me es imposible, no puedo evitar lo que siento por más que lo intente. Es una postura cómoda, el sufrimiento. Al menos este tipo de sufrimiento, porque me hace ver la vida con una vista artística de color sepia y enredaderas, fuertes rojos para la sangre y el dolor, negro para lo que no se ve. Y veo la noche, el agua cálida, y a él, y siento que lo tengo todo, aunque sin tener nada. Pero si desaparece esa chispa, el color rojo, entonces siento que mi vida se desvanece.

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