Intentando captar cada débil movimiento que provoca su
cuerpo rozando el agua, cada gota que haya formado parte alguna de él, cada pequeña
ola que haya sentido al rozarle tal y como él la haya sentido, respirar el aire
que respira y que forme parte de mí para siempre. Cada palabra suya que he
malgastado sin respuesta o con la reacción equivocada. Como cuando dijo que no
iba a volver, ese momento indiferente para todos que significó la caída de mi
mundo, un mundo sostenido por la ilusión de verle y la esperanza de que me
dedique alguna palabra ociosa, de esas que se dejan escapar sin objetivo ni
contenido, de esas que para mí lo son todo. Porque nadie se ha querido dar
cuenta de que todas las piezas encajan, y que lo quiero de verdad, no el querer
que no sabemos qué significa porque no es realmente amor y que se extiende y
normaliza cada día. Porque sabía que la arena se escaparía y, sin embargo, yo
misma rompí el reloj. Conocía el tiempo, e incluso que se acabaría antes de que
pudiera percatarme, pero fui incapaz de adivinar que sería tan pronto. Febrero.
Eso son unos días en los que todo se va a unir como una fuerza devastadora para
acabar conmigo y con la poca calma que había conseguido reunir mi alma. Y,
nuevamente, maldita pasividad inamovible. Incapaz de provocar un cambio,
sobreviviendo en el dulce sufrimiento. A veces pienso que soy una persona
destinada a eso, al dolor, y es que no puedo imaginar una vida sin él. No es una
necesidad, pero tampoco me puedo liberar porque me es imposible, no puedo
evitar lo que siento por más que lo intente. Es una postura cómoda, el
sufrimiento. Al menos este tipo de sufrimiento, porque me hace ver la vida con
una vista artística de color sepia y enredaderas, fuertes rojos para la sangre
y el dolor, negro para lo que no se ve. Y veo la noche, el agua cálida, y a él,
y siento que lo tengo todo, aunque sin tener nada. Pero si desaparece esa
chispa, el color rojo, entonces siento que mi vida se desvanece.
No hay comentarios:
Publicar un comentario