Soñando con ese cielo azul de un lugar desconocido, bañado
por ese mar desconocido que destella con ese sol desconocido. Donde todo lo
vivo es desconocido, y lo muerto nunca se conocerá. Donde nunca podré ir,
porque no existe, o en el que siempre podré estar, porque no existe. Aunque en
realidad no se puede llegar a él, simplemente estar en él. Un lugar dentro de
mí, pero que no existe, es un rayo de luz breve e imperceptible, ya que nada
tan bello podría habitar en mi interior. Realmente creo que mis entrañas son
unas colinas verde muerto, con un cielo gris apagado, y con tumbas salpicadas
por ahí. También hay árboles desnudos, con ramas que ascienden abruptamente
intentando alcanzar un lugar que queda demasiado lejos. Pero es bonito, para
mí. Supongo que cuando alguien está podrido por dentro, sus gustos no pueden
alejarse demasiado de su estado. Cuando no se puede aspirar a más y se
encuentra belleza en lo siniestro y tenebroso, porque es como te sientes y has
aprendido a verlo como algo bueno. No tiene vida, a excepción de esas plantas
desesperanzadas a las que su ilusión de llegar a un lugar mejor ha quedado
congelada. ¿Y cómo iba a haber vida, si nadie se acerca a mí, cómo iba a sentir
compañía? Intento encontrar la alegría de la soledad. Soledad no por estar sola
en la vida, sino por sentirme sola, y sin identificarme con nadie. Pero, como
decía, puede ser bonito estar sola. Encontrarse a una misma. Es lo que estoy
intentando yo ahora, habiendo abandonado la lucha por algo más. Encontrarse a una misma, en un lugar tan
desolado como este cementerio, puede dar resultados que es mejor no saber.
Tendré que rebuscar en cada hierbajo, en cada neblina, en cada nombre de las
tumbas de mi interior. Y no hay cadáveres dentro, hay sentimientos. Ilusión,
esperanza, confianza, entusiasmo. Todos muertos. ¿Y qué más da? Siempre me
quedará ese árbol esquizofrénico y esquelético que, incapaz de morir, incapaz
de vivir, se ha quedado paralizado intentando alcanzar algo más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario