Cómo puede ser tan desagradable ir en autobús. Cómo puede
doler tanto. Parece que toda la gente que ves a través de la ventana es tan
feliz… Un niño en un carrito, que aun no sabe las preocupaciones que le puede
traer la vida; un grupo de niñas con niños, más pequeños que tú, pero que
parecen mayores, y a los que no puedes envidiar más; dos ancianos cogidos de la
mano… Cómo puede ser algo tan fácil y natural para algunos, e imposible para
otros. Intento encontrar esperanza en que hay gente como yo, pero es que parece
que no la hay. No tanto como yo. A no ser, claro, que sean las personas más marginadas
de la sociedad. ¿Soy uno de ellos? Probablemente, en muchos aspectos. Es tan
triste… escribir esto porque no tengo absolutamente nada que hacer, nada que no
sea escribir este texto para mí misma, como si pudiera aparecer una respuesta a
mis problemas, mágicamente, en la pantalla. O como si esa respuesta estuviera
dentro de mí, de algún modo. Me doy cuenta de cuánto estoy usando el “como”,
que irónico, no utilizar más que comparaciones, es como si definiera mi vida
entera. Esperando que alguien llegue, a casa, o por internet, alguien que me
hable y me entretenga. No llega nadie. No va a llegar nadie. Llegará, y
entonces pensaré que para qué me habla, que no tiene sentido, y que me aburre.
No sé quién espero que me haga caso, la verdad. Estoy más deprimida los fines
de semana, cuando la gente es más feliz, otra puñalada de dolor. Nunca me ha
gustado ver a la gente feliz cuando yo no lo estoy, soy así, pero es que ahora,
es que se hace insoportable. Lo único que me hace sentir algo, una sensación viva,
es escuchar música. Pero mis oídos se quejan, no puedo seguir con ese ritmo. Es
como mi particular droga, no la puedo dejar, y eso que muchas veces es
insuficiente. Hasta eso a veces me dejas vacía. ¿Cómo llenarme? Mi interior es
un cementerio, o peor.
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