Ahora lo pienso y no lo creo. Haberle dado lo mejor de mí a
la peor persona que he conocido, a la que nunca podría valorarlo, a la que más
injustificadamente quiero. Y te vi y no lo creí, verte y ver que seguías siendo
exactamente tú, que el habla me hizo el favor de tomar mi conciencia y relevar
al deseo de ver que sí, que eras tú, otra vez al inconsciente. Belleza cérea la
tuya. Sonrisa tanto tiempo escondida la mía, que cuando se mostró no había nada
más resplandeciente.
‘Volver es de débiles’, y volví, solo para comprobar que,
frente a lo que dijera la razón, quizá los dos somos los débiles, no yo la
tonta y tú, el loco.
Y anoche. Anoche la torre del reloj, la omnisciente, la
siempre presente, dio la hora de nuevo. Sus campanas resultaron una hechizante
canción de cuna para que el pueblo despertara, sí. Sus agujas señalaron al
norte como el zodiaco tu suerte. Un año exacto paradas, maldito mecanismo del reloj,
maldito encargo. Vacío temporal justo, perfecto. No más que dulce vacío en la
mente de los habitantes de la villa, soñando que caían, deleitándose en la
nada. Y un año después, como gas tóxico fuera de tiempo, de historia, deben
despertar, prender fuego al candil y acudir a la danza que se celebrará en la
plaza. Cuídate del pozo.
Apareces para preguntar por mí en la inconsciencia,
regalándome un huequecito donde poder dormir entre tanta oscuridad. “Ahora
aparezco de nuevo, me hago pasar por buena persona y vuelvo a ganarme tu
confianza”, me atrevo a citarte.
Similar que no hay engaño para no decepcionar a quienes
confiaron, que confían en ti, que no se es débil. Desconocimiento, y es mentira.
Traidora, no sé si es peor serla a vosotros o a mí misma.
Apagad un rato la revolución, dejádmelo a mí. No podéis
luchar contra quien no veis.
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