"Hay veces que el día ha ido bien, solo bien, pero ya es suficiente para no querer despertar". Esa era una reflexión que él solía tener en mente cuando iba a dormir, cuando estaba en el dulce momento, efímero, en el sientes que Morfeo ya ha entrado sigilosamente en tu habitación, para mecer tu cuerpo y hacerte perdonar por unas horas las jugadas del resto de los dioses. Y sin embargo, esa noche no era suficiente. El día que le esperaba era capaz de encerrarle a oscuras solo, sin permitir que nadie entrara para amenizarle la noche. El amanecer del día siguiente le quemaba como una enana roja que hubiera decidido hacer reales sus palabras, para instalarse en su pecho y quedarse con él. Quizás se había excedido. Quizás no era su corazón el que hablaba, ni tan siquiera su razón, quizá era solo la ignorancia, que a todos le puede. Pero ya estaba hecho, es como si realmente ya lo estuviera, él decidía y hacía, y probablemente eso era lo único que él, aquella noche, podía consentir hacerse con el poder. Era un hombre de palabra, importaba realmente poco qué versara sobre ella y quién la hubiera escrito. Palabras. Al final ellas nos mueven.
A la mañana siguiente, con la sensación de haber habitado en un limbo indeciso entre luces y sombras, se sentó en la cama y se estiró como cada día, porque aquel había decidido ser su día sin consultarle y él no sabía si debía estirarse, o no, tomarse un café o un cigarro o quién sabe qué, si tirarse por la ventana o abrirla y mirarla envidioso. Como no sabía, porque aquel que era su día se había hecho con el control, y no sabía como contentarle, decidió hacer lo de siempre. Al fin y al cabo, era otro día.
Abrió la ventana, invitó al viento y dejó que las cortinas le acariciaran, para finalmente despedirse de ellas.
La cafetera estaba tan sucia que él realmente creía que su café era único, porque tenía el sabor de todos los anteriores y no te permitía tomar un sorbo sin recordar de una bofetada a lo que sabían sus mañanas anteriores.
Encendió la televisión para recordarse que en realidad ya estamos muertos. Si alguna función cumplía en su vida era la de recordarle que todos los horrores del mundo se tornan rutina, con la desvirtuación de su significado que conlleva. Ya estamos muertos. La apagó.
"Matar por principios es nacer de nuevo", se lo hubiera tatuado si no hubiera sido tan revelador, tan sucio, tan poco elegante, en la soledad cantaba.
Ya se sentía culpable, de hecho, ya lo era.
Cogió las llaves de la mesilla, abrió la puerta y, tras un breve, levísimo titubeo, las arrojó de nuevo adentro y salió.
Al final la musica te cobra el placer, que acaricie la miel tus labios solo para después recordarte que realmente no es, que el drama murió y tú no lo conociste
No es tanto el miedo porque el tiempo pase rápido, sino por cerrar los ojos y que aún parezca un año atrás
Aquí la moraleja no llega, será que no es un cuento
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