jueves, 7 de marzo de 2013
Pensamientos de marzo de 2013
No
puedo estar ni un instante más en esta habitación cegadoramente blanca,
necesito mancharla de sangre y que se desborde por el poder creciente de esta.
Sangre ardiente asomando por cada rincón, corrompiendo la pureza de esas
pulcras paredes, invadiendo de dolor cada uno de sus estúpidos ánimos. “Todo
irá bien” decían, “Hay que luchar” proclamaban, “No dejes de intentarlo”
susurraban sus almas ajenas. Brechas insalvables se han abierto entre aquellos
que me rodeaban y yo, brechas que supuran odio. Goteantes lágrimas rojas, que
caen irremediablemente por su peso, hacen desaparecer el suelo. De dónde proceden,
no lo sé. Diría que están presentes en todo aquello que mi mente es capaz de
captar y, por tanto, corromper, asfixiar, envenenar. Mi desolada esperanza ha
quedado olvidada, perdida en alguna de tantas mentiras, atrapada en un suspiro
que empezó hace demasiado tiempo. La sangre ya me alcanza la cintura, me impide
moverme con libertad y pensar con claridad. Mis sentimientos ya no tienen razón
ni camino, simplemente se asesinan los unos a los otros con jueguecitos crueles.
Siento el sabor de la sangre, que llena cualquier pequeño espacio que quedara libre
en mi mente. La intensidad provocada por el gusto de la golosina del dolor hace
desvanecer el frágil sentido de la realidad que me quedaba. El aire limpio que
entraba en mi cuerpo es sustituido por una marea roja que invade cada rincón de
mi cuerpo y que ahoga los resquicios de cordura. Es imposible descubrir el
secreto de las locuras propias y en mi caso han llegado demasiado lejos. Hace
unos momentos ya no respiro y no siento nada aparte de la presión de la sangre
llenando mi interior con el ímpetu de quien acaba de conquistar un nuevo
recluso de sus garras. Y, finalmente, todo lo que alcanza la vista es un mar de
dolor de profundidad inacabable. Rojo.
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