Es extraño este juego de máscaras, mágicamente adulador de
las locuras que danzan en mi mente. Observo los fulgurantes brillos verdosos
que sustituyen las arrugas y el fantástico vacío donde deberían estar los ojos.
La expresión demasiado alegre de la boca y el pulcrísimo blanco que colorea el
rostro. No más que mentiras, encantadoras mentiras. Nos muestran un alma
impoluta ante el tiempo, el engaño, el dolor, el pecado. El problema se
encuentra en tropezar con otra máscara. Es entonces cuando puedes convencerte
de que quizá sea una distorsión de tu reflejo, pero es imposible saberlo porque
tu propia máscara te lo impide. Y ahí intentas quitártela y descubres que no puedes
deshacerte de ella, que está adherida a tu piel y que quizá ya forme parte de
ti. No te es posible palparte a ti mismo, solo a la máscara. Es bella de cara
al mundo exterior y, sin embargo, en el interior sus raíces atrapan
delicadamente tus pensamientos, avanzando sin cesar, retorciéndose para
estrangular a los sentimientos. Y ya no puedes saber si vives rodeado de engaño
o si tu máscara no te permite ver más allá de ella misma.
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