Las campanas repican y resuenan en todo el templo,
oprimiendo los susurros contra las paredes hasta hacerlos completamente
inaudibles, para finalmente dar paso a un silencio aun más estridente que
constreñía las respiraciones de los asistentes por temer emitir cualquier
mínimo ruido que pudiera quebrar la suma delicadeza de esa afonía. Solo la anfitriona,
con su extravagante zancada, pasó de largo todo aquello para postrarse frente
al órgano, al que sus manos quebradizas salvaron de su agonía para permitirle
compartirla con todos los invitados a cada tecla que iba conformando su
melodía. Las angustiadas vidrieras sintieron conformarse su liberación,
hallándose tan henchidas de belleza que vibraron y vibraron hasta que
finalmente estallaron en un aullido sordo, que provocó una lluvia de color que
inundó la apresada paz que reinaba en el templo hasta hacerla desaparecer. La
luz al fin había penetrado en el interior, y se reflejó en cada uno de los
minúsculos cristales que flotaban allá donde se mirase para hacerlos conformar
una estructura de luz y color que se tornó como el candelero que presidía la
estancia. Y el caos reinó durante un instante, y lo hizo suyo para siempre. Entonces volvió el silencio, pero esta vez un
silencio fresco y puro que vino de la mano de ella que, en un atisbo de
compasión, concedió al blanco dejarle brillar vistiéndola. En ese momento comenzaron
a escucharse débilmente las reprimendas aceleradas de los violines a los
sollozos de un piano demasiado sabio. Su disputa fue aumentando en volumen conforme
sus notas iban supurando más dolor, hasta convertirse en un único desgarrado grito.
Mientras, ella se acercó resplandeciente al altar, suavemente, como si danzara
junto a esa melodía maltratada para avanzar. Los rostros de los invitados se
ensombrecían a medida que ella les sobrepasaba, a la vez que hincaban su
rodilla contra las tablas y miraban hacia abajo abanderando al miedo. Al fin,
ella alcanzó el altar y el suelo se estremeció, pero ella decidió esperar.
Y esperó.
Y la música se apagó porque ya no había nadie que rasgara
las cuerdas ni aporreara las teclas, por lo que ella decidió dormir y esperar. Sin
embargo, a veces las decisiones pueden abusar de nosotros, y confundirnos, y
hacernos querer soñar un sueño sin final. Porque nadie llegará y, aunque ella
pueda sentir cómo sus oídos vuelven a despertar para rescatarla, no será más
que una canción de cuna que su anfitriona, benévola, tocará para ella para que pueda
alcanzar descanso en su sueño.
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