domingo, 2 de noviembre de 2014

Más pensamientos de noviembre de 2014



Las campanas repican y resuenan en todo el templo, oprimiendo los susurros contra las paredes hasta hacerlos completamente inaudibles, para finalmente dar paso a un silencio aun más estridente que constreñía las respiraciones de los asistentes por temer emitir cualquier mínimo ruido que pudiera quebrar la suma delicadeza de esa afonía. Solo la anfitriona, con su extravagante zancada, pasó de largo todo aquello para postrarse frente al órgano, al que sus manos quebradizas salvaron de su agonía para permitirle compartirla con todos los invitados a cada tecla que iba conformando su melodía. Las angustiadas vidrieras sintieron conformarse su liberación, hallándose tan henchidas de belleza que vibraron y vibraron hasta que finalmente estallaron en un aullido sordo, que provocó una lluvia de color que inundó la apresada paz que reinaba en el templo hasta hacerla desaparecer. La luz al fin había penetrado en el interior, y se reflejó en cada uno de los minúsculos cristales que flotaban allá donde se mirase para hacerlos conformar una estructura de luz y color que se tornó como el candelero que presidía la estancia. Y el caos reinó durante un instante, y lo hizo suyo para siempre. Entonces volvió el silencio, pero esta vez un silencio fresco y puro que vino de la mano de ella que, en un atisbo de compasión, concedió al blanco dejarle brillar vistiéndola. En ese momento comenzaron a escucharse débilmente las reprimendas aceleradas de los violines a los sollozos de un piano demasiado sabio. Su disputa fue aumentando en volumen conforme sus notas iban supurando más dolor, hasta convertirse en un único desgarrado grito. Mientras, ella se acercó resplandeciente al altar, suavemente, como si danzara junto a esa melodía maltratada para avanzar. Los rostros de los invitados se ensombrecían a medida que ella les sobrepasaba, a la vez que hincaban su rodilla contra las tablas y miraban hacia abajo abanderando al miedo. Al fin, ella alcanzó el altar y el suelo se estremeció, pero ella decidió esperar.

Y esperó.

Y la música se apagó porque ya no había nadie que rasgara las cuerdas ni aporreara las teclas, por lo que ella decidió dormir y esperar. Sin embargo, a veces las decisiones pueden abusar de nosotros, y confundirnos, y hacernos querer soñar un sueño sin final. Porque nadie llegará y, aunque ella pueda sentir cómo sus oídos vuelven a despertar para rescatarla, no será más que una canción de cuna que su anfitriona, benévola, tocará para ella para que pueda alcanzar descanso en su sueño.

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