Me alivia pensar que la puerta está ahí, sin cerradura. No
hay un misterio aquí, simplemente porque en este caso no hay una respuesta que
lo explique. Y sigue ahí, los árboles dejarán danzar a sus hojas, el sol enseñará
la lección a las nubes e incluso dejaremos de habitar un poema de Quevedo para
sumergirnos en uno de Góngora, y la puerta estará ahí, como si flotara en medio
de un vacío en el que arraigó desde sus comienzos. Tan solo la idea de esa utopía
de una búsqueda de verdad, de esas que vuelven del revés tu mente, que la patean,
esclavizan y maltratan para después disfrutar de una nueva liberación, me
obliga a, de vez en cuando, echar un vistazo a la puerta. Pase lo que pase, aunque todo ocurra
y termine de ocurrir, siempre estará ahí para avivar la esperanza de que aun
hay algo capaz de hacerte sentir y que podría ser cualquier cosa. Un secreto
deseoso, deseado, inconfesable, esperando que lo imposible ocurra. Porque quizá
no todas las puertas necesiten una llave, no todos los misterios tengan
solución, pues misterios son.
No hay comentarios:
Publicar un comentario