sábado, 25 de octubre de 2014

Más pensamientos de octubre de 2014



El juez se arremangó las mangas de la toga exasperado y aflojó el nudo de su corbata, acompañándolo de un carraspeo, como si pretendiera insuflarse aire. Sus ojos negros se mantuvieron posados sobre la mirada del acusado más tiempo del que cualquier observador extraño hubiese considerado normal, con el objetivo de extraer la verdad de este con uno de los pocos métodos que le quedaban, mediante la vieja adivinanza del misterio de los entresijos que se escondían tras sus pupilas dilatadas. Y no más que silencio. Finalmente, el fiscal se levantó e hizo mostrar su descontento con correctísimas palabras cuyo contenido implícito en la forma acerca de la excelente educación del fiscal era la meta real de la queja, algo inútilmente encubierto por el contenido de las mismas acerca de la desvergüenza del acusado por sus inacabables silencios. El juez levantó pesadamente su mirada del acusado con disconformidad y, como si hubiera despreciado la charla del fiscal, se dirigió al abogado defensor, que se ajustó nervioso el cuello de la camisa.

-El acusado no dice nada. El acusado ha cometido perjuicio a las personas de su derredor, les ha engañado sin palabras, les ha causado gran dolor intentando enlazarlas y les ha confundido infundiéndoles gritos que venían de la nada. Ha provocado en numerosas ocasiones su llanto administrándoles colirio. Les ha prometido un cielo que se tornaba en la “farsa” que la pluma desesperada iba firmando por doquier. Ha cometido falsedad documental diciéndoles que era sangre lo que no eran más que manchas de tinta. Ha cometido una violación de la pasión, a la que maltrató y engañó hasta hacerla desprenderse de sí misma en una evanescencia. Se le atribuye además un delito de suplantación de identidad por decir ser quien no era y ser quien nadie podía identificar. Por último, se le acusa de homicidio por implantar el silencio como salvación. El acusado no dice nada.

El acusado es declarado culpable.-

El juez asintió levemente a los alguaciles, que entendieron inmediatamente la señal y se dirigieron hacia el recién nombrado culpable. Unieron sus manos caídas con unas esposas, le tomaron de los hombros y las piernas para dejarle sobre una camilla, cerraron sus ojos y se lo llevaron.

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