jueves, 16 de mayo de 2013

Más pensamientos de mayo de 2013

Ver cómo poco a poco desaparece. Observar las finas tiras de algodón estirándose hasta perderse en el aire y hacerse invisibles, como se van las nubes tras la tormenta. No sé exactamente qué ha pasado en los últimos meses, cada rayo que me alcanzaba me conducía hacia una nueva descarga eléctrica y me perdía más en el camino. Me convertí en una muñeca rota, juguete de unas ingentes fuerzas que no sabía muy bien de dónde procedían. Lo dominaban todo, todo mi universo de árboles soñolientos y atardeceres abrasadores de hogareño calor. Mi mundo, mi apasionada tranquilidad, destruido por él. No era una dulzona niebla carmesí la que invadía mis sentidos, era el pestilente sabor de mi más persistente pesadilla. Ácido corrosivo de hasta el último ápice de belleza que mi mente podía vislumbrar en el paisaje de mis pensamientos. Un enfermo en el peor sentido, un manipulador, un farsante. Utilizándome para satisfacer sus inhumanos deseos. Y yo dejándome llevar por unos instintos que sobrepasaban todo entendimiento, demasiado fuertes para poder ser controlados  por cualquier intento de mi razón, aguas que sobrepasaban con creces el caudal y que iban desbocadas a inundar todo lo que encontraban a su paso. Lo peor, que mi mente permanece encharcada. No sé qué hacer para evaporar esos malditos impulsos que se le demandan a cada instante, esas sacudidas que no le dejan restaurar el orden. Arrinconada la moral en algún lugar de la oscuridad, quemada mi paciencia por las ardientes lágrimas acumuladas, rotos en pedacitos mis principios. ¿Qué me queda en el desolado paraje en que me he convertido? Supongo, espero, con toda mi alma, que permanezca ahí, en algún escondite, mi llama esmeralda.

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