sábado, 4 de mayo de 2013

Pensamientos de mayo de 2013


Recuerdo cómo me sentí atrapada bajo aquel cielo azul de infinitos tonos, que me recordaba la deseada calma que nunca encontraría. Cómo el gélido aire glacial era incapaz de despertarme con su punzante puño de esa pesadilla en la que acababa de entrar. Recuerdo aquel árbol cargado de cigüeñas cuya silueta se recortaba orgullosa sobre las aguas, completamente ajeno a la tempestad que había en mi interior. Fielmente arraigado a su suelo mientras yo era arrastrada por una corriente que me superaba y me ahogaba. Melosas aguas bañadas por el sol de la desesperanza, el dulce alivio de no tener ninguna opción más que dejarse llevar. Contemplaba toda la belleza de aquellos lugares cercanos a la utopía sin sentir absolutamente nada, nada salvo una aplastante y demoledora opresión en el pecho por haber alcanzado un sueño que, por lo visto, carecía de las características propias de un sueño. Sueño completamente vacío hasta que empezó a llenarse del enrarecido aire de los comienzos de la desesperación, esto es, la desazón. Veía todos aquellos rostros felices, tan felices que me resultaba una felicidad frágil, o fingida, cualquier cosa menos auténtica, ya que me resultaba demasiado inalcanzable, imposible. Un cristal irrompible y opaco que me mostraba una realidad demasiado distorsionada, o quizá demasiado real para soportarla. Sentía con ansiedad cómo crecía la distancia cuanto más al norte nos dirigíamos, cuanto más verde era el paisaje y más puro el aire. Sin embargo, no sentía aumentar la calma sino que más bien, a cada metro más lejos que me encontraba del hipocentro, más se crecía la desesperación. Todo ello acompañado de las melodías más preciosas, todas ellas manchadas finalmente por lágrimas azabaches. Pocos dolores conozco más insoportables que tener que crearse una silueta de felicidad, aún peor intentar creerse uno mismo esa pantomima. Lo que había a mi alrededor se reía de mi desgracia, las ramas bajas de los árboles que acariciaban enamoradas las aguas del canal, los resplandecientes cisnes que disfrutaban del tranquilo llevar del río, los explosivos sabores de nuevas delicias que me iluminaban de colores ajenos, el repetido “Enjoy!” que tan lejano resultaba.

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