Simulando el pesimismo por si volviera, el optimismo siempre
estuvo maldito. Se colocó frente al espejo y rebuscó entre su maquillaje,
llamando a la ilusión en un suspiro de resignación. Sintió el calor que los
focos del baño desprendían para ella y, alumbrada frente a su reflejo, se dejó
arrastrar por la determinación de su mano que, tomando una brocha, acariciaba
sus pestañas. Su sombra proyectada se alzaba casi tridimensionalmente en sus
pómulos, con la elegancia y esbeltez de la chica, por sorpresa, más guapa de un
baile. Indecisa por sus labios, optó por arriesgarse con el carmín que, ella
sabía, la mantendría toda la noche despierta en esa su realidad para mantener
todo su color. Hipotecada su locura por la luna, solo por un rato, tomó su
bolso y marchó.
La fragancia del jazmín y la brisa cálida de la noche le
dieron la bienvenida de nuevo. Sus tacones aprisionaban la luz de las farolas
bajo sí a cada paso, para liberarla un instante después por no merecer tener
tal carcelero. Solo escuchaba el sonido contundente de su caminar, solo veía
las briznas de luz que pisoteaba. Su cómplice le sonreía desde arriba.
El tiempo había querido jugar con ella, como con los demás,
con su delicadeza, su tacto pausado, su minuciosidad ya ensimismada de tanto
gastarla. “El tiempo es un disco plano”, pero quizá ella estaba ya en las
aristas.
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